Por: Juan Carlos Villalta

Un clásico para olvidar

"Parecía que estábamos en Colina 1", fuerte frase que refleja el pensamiento de Johnny Herrera, referente y capitán de la Universidad de Chile y que se caracteriza por ir de frente con su verdad. Es cierto que existe exageración en estos dichos pero digámoslo, el clásico desde sus inicios fue un verdadero infierno.

Este clima de odiosidades posiblemente comenzó con la desatinada negativa de Colo Colo de permitir que su rival hiciera su preparación física en la cancha, a pesar de la advertencia que le hiciera la propia ANFP. La U sencillamente ocupó la cancha sin autorización, lo que encendió la mecha.

Llamó la atención la cantidad de letreros de todo tipo que se instalaron alrededor del sector que ocupa el dueño de casa, transformando al recinto en una verdadera feria de barrio. Ya comenzado el partido, todo tipo de fuegos artificiales, bombas de estruendos y bengalas se hicieron sentir ante la complacencia del árbitro y de los encargados del orden. Uno de estos artefactos cruzó prácticamente toda la cancha y pasó muy cerca del meta Herrera y pudo tener consecuencia impredecibles.

La falta de colaboración, el poco espíritu deportivo, reflejado en el aprovechamiento de un pique a tierra por parte de Ubilla y de otras normas mínimas del Fair Play entre rivales, tampoco fueron respetadas.

Todo eso cae claramente en el marco de transgresiones a las leyes y a los protocolos que el propio fútbol se ha dado, sin perjuicio de las sanciones deportivas propiamente tales.

Hay una cadena de responsables pero obviamente el peso mayor cae sobre los dueños de casa. Claramente se incumplieron normas mínimas de prevención y fiscalización que seguramente deberán recibir sanciones.

En lo meramente futbolístico fue un partido de bajo nivel y dentro de esta mediocridad Colo Colo fue un justo vencedor.

El árbitro Julio Bascuñán claramente fue sobrepasado en su autoridad y no tuvo el coraje ni la voluntad para hacer lo que en rigor correspondía: dar por terminado el partido por falta de garantías. Los minutos finales no fueron de fútbol y constituyeron más bien tiempo agregado para continuar con el festín de patadas y deslealtades.

Un clásico para olvidar. 

 

 

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