Por: Roberto López

Hasta pronto, Milovan

Mirosevic trata de articular palabras, pero no puede. Su mensaje es simple, pero la emoción no lo deja avanzar. Comprensible. Llegó la hora del adiós, esta vez para siempre. No hay vuelta atrás.

El "Milo" ya no puede más. Su cuerpo no puede más. Quería seguir, pero no se pudo. Lástima.

Uno de los últimos ídolos cruzados dijo adiós entre lágrimas. Un final que no mereció, porque fueron lágrimas de impotencia y no de alegría. Esas que tanta veces le brindó a los hinchas de la franja.

Milovan volvió al equipo de sus amores para corregir un error ajeno. Merecía otro final. Luchó por él desde que regresó, pero no pudo ser. Quería jugar y ser un aporte en la cancha. Sentirse útil. Ya no será posible.

Mi papá, que es más creyente que yo, siempre me dice que: "uno propone y Dios dispone". Cuánta razón tiene.

El referente franjeado soñó con un adiós en cancha. Anotando goles, poniendo un pase en profundidad, marcando de pelota parada o simplemente vistiendo la camiseta que aprendió a querer desde pequeño. No será así.

Su aporte en cancha fue indiscutible, su idolatría también. En un club al que le cuesta un montón campeonar, el volante sumó todos los trofeos posibles en el plano local. Tres títulos nacionales, una Copa Chile y una Supercopa están en su palmarés. Fue goleador del torneo nacional de 2010 y siendo volante anotó 96 goles con la camiseta cruzada. Suma y sigue.

Asumió liderazgo del camarín y a veces eso le costó caro. Tuvo que marcharse cuando no quería hacerlo, pero volvió para despedirse con el club que lo formó y que lo identificó para toda la vida.

Se va Milovan, pero no es un hasta siempre, sino un hasta pronto. San Carlos es su hogar y a casa siempre se vuelve. Siempre.

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