Por: Matías Fuenzalida

El dilema de la liga más pequeña del mundo

El dilema de Anthony Gibbons

"Tony", como lo llaman sus cercanos, camina a paso rápido por la estrecha y serpenteante Telegraph Road. Son las 9:00 de la mañana y, como cada domingo, sale desde su casa con café en mano hasta el Garrison Football Field. Hoy es un día especial y el campo de juego debe estar a punto para el momento más esperado por muchos habitantes de las islas Sorlingas. Las últimas casas quedaron atrás y Gibbons por fin divisa a lo lejos el manchón verde que en unas horas más recibirá a los jugadores. De fondo, las olas del Atlántico revientan contra las rocas provocando un rocío salado que lo hace despabilar. Hay mucho trabajo por hacer y el tiempo no sobra.

Las islas Sorlingas conforman un minúsculo archipiélago ubicado 48 kilómetros al oeste de la península de Cornwall, en el sur de Inglaterra. Nada parece alterar la vida de las casi 2.000 personas que las habitan, ni el puñado de turistas que llega cada año, ni el escaso movimiento de su modesto muelle de pescadores. Pero hay 90 minutos que cada siete días revolucionan a estos apartados ingleses: el momento en el que los Garrison Gunners y los Woolpack Rangers saltan a la cancha, los dos protagonistas de la liga de fútbol más pequeña del mundo.

Desde 1950 que los Gunners y los Rangers no se preocupan de estudiar al rival ni de analizar su táctica fija. No necesitan drones para grabar los entrenamientos ni se mandan mensajes por la prensa. Se conocen de memoria, desde niños. Uno es operador de aeropuerto, otro constructor de botes, otro policía y otro se dedica a preparar fish & chips en el bar del pueblo, donde todos terminan el día. Ambos equipos juegan 20 veces al año durante el campeonato regular y además disputan dos copas, una de ellas contra el Penzance FC, el rival más cercano en tierra firme. Este trofeo se llama Charity Shield y, debido a sus 10 centímetros de altura, es conocido como el más diminuto del orbe.

Como siempre, Gibbons es el primero en llegar al Garrison Football Field, el único recinto deportivo del mayor asentamiento de las islas, Saint Marys. Hace un lustro que es el presidente de esta insólita liga de fútbol con sólo dos equipos. Es cierto, las exigencias a nivel dirigencial no son muchas, pero hay algo que le preocupa desde hace ya un tiempo, algo que le da vueltas en la cabeza y que un par de veces le impidió conciliar el sueño. Ahora, sentado en una banca y fumando un cigarrillo, nuevamente analiza el problema. A lo lejos, se asoman los primeros jugadores que llegan a la hora pactada para preparar el gramado, marcar las áreas y poner las mallas. Paul Chamrok también anuncia su arribo, con sus más de 60 años es el único árbitro de la competición.

La liga más pequeña del mundo está reconocida por la FIFA y también por la Asociación Inglesa de Fútbol, a pesar de sus arcaicos métodos tan alejados de la globalización y desarrollo del balompié planetario. Los futbolistas locales son los primeros en saberlo, claro, si cada año participan del sorteo oficial, en el que los capitanes de ambas escuadras se reúnen para elegir a viva voz quiénes serán sus nuevos talentos y qué colores vestirán. En la última edición del torneo, los Woolpack Rangers se coronaron campeones con una amplia ventaja sobre los Garrison Gunners pero generalmente el monarca se conoce solo unas fechas antes del final.

El partido termina. Los Gunners esta vez se quedan con el triunfo por tres goles a dos y es momento de celebrar. Aún queda domingo y algunos se animan y comparten unas cervezas con la íntima hinchada que ha llegado a la cancha. Anthony Gibbons también se hace parte y bromea con los técnicos mientras guarda los banderines del córner en la bodega. El sol brilla pero el viento marino sopla fuerte.

Todos los actores abandonan el improvisado estadio, incluido el presidente de la Scilly Islands League que intenta disimular su intranquilidad. Ya casi no quedan jugadores en las islas, no hay dónde echar mano. Muchos se han ido, sobre todo los más jóvenes, hacia Gran Bretaña a buscar un futuro mejor cerca de las grandes ciudades. Gibbons no sabe hasta cuando podrá presidir la liga de fútbol más pequeña del mundo, tampoco sabe dónde está la solución a este dilema. Quizá deberá navegar y cruzar el estrecho, tocar la puerta de las grandes estrellas del Arsenal, el Chelsea o el Manchester United, y hacerles una oferta que los millones y los contratos no pueden igualar: jugar un derby todos los fines de semana.

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