Viernes 8 de septiembre de 2017
Por: Juan Carlos Villalta

Carro de la derrota

¿Qué duda cabe? La selección tuvo un bajo desempeño en esta fecha doble de clasificatorias. Particularmente frente a Paraguay. Lo de Bolivia no fue mejor, pero tiene otros ribetes que van más allá de lo meramente futbolístico. Es perfectamente razonable pensar que el factor altura (pese a que se argumenta que a nuestros jugadores no les afecta en la proporción que a otras selecciones del continente) sí constituye un factor que explica bajos rendimientos contra un equipo que en otras circunstancias se suele derrotar sin mayores complicaciones.

Se culpa directamente a Pizzi, pero las críticas esta vez, como nunca, también se han extendido a los jugadores, particularmente a Vidal y Sánchez. El primero, por sus reiterados actos de indisciplina, los que en buena medida reflejan al menos una falta de compromiso con el equipo. En el caso de Alexis Sánchez, se considera que su fallida transferencia al Manchester City lo afectó al punto tal de ser un sonámbulo en la cancha. Al ser sus rendimientos muy por debajo de sus verdaderas capacidades, la crítica se amplificó.

Mal planificados los partidos, falta de liderazgo, sensación de ser un equipo poco trabajado, errores en la confección del equipo, sustituciones que no cumplieron. En fin, pueden argumentarse esos y otros factores, todos perfectamente válidos.

Pero para mí este deterioro futbolístico viene de más atrás y tiene otras consideraciones que considero más válidas que todas las expuestas para explicar estas derrotas. Y lo vengo sosteniendo reiteradamente con la incomprensión de varios.

En efecto, cuando se nominó a Pizzi sostuve que, teniendo muchos atributos personales, irremediablemente iría desmantelando los conceptos tácticos que hicieron fuerte a esta selección. Su labor en la Universidad Católica sólo puede sostenerse por el hecho de haber obtenido el campeonato, pero no dejó huellas profundas, al menos las suficientes como para pensar que su fútbol, más bien de excesiva posesión y poca profundidad, tarde o temprano nos pasaría la cuenta. Su paso por el León de México fue mal calibrado y muchas voces dieron a entender que su juego se distanciaba bastante del juego practicado por sus antecesores Bielsa y Sampaoli.

Es parte del mito futbolístico que cuando quiso imponer su sello conservador fueron los propios jugadores quienes salieron al paso impidiéndoselo. Se pone como ejemplo el encuentro frente a Ecuador.

El envión futbolístico que traía esta selección le permitió ganar la Copa Centenario y hacer una buena presentación en la Copa Confederaciones.

Entiendo que esta crítica es odiosa y procuro no entrar en terrenos personales, porque entiendo que Pizzi es una buena persona y de buenas intenciones. Sólo ataco su estilo, sus formas de juego y el excesivo temor demostrado cuando sus equipos actúan de visitante o con rivales que supone superiores.

Pero advierto que no soy parte de ese coro vociferante que pide su cabeza y que, en un abrir y cerrar de ojos, se dieron cuenta del juego que lo caracteriza y que poco menos piden su cabeza en la plaza pública. Si ya es feo subirse al carro de la victoria, también, y casi peor, es sumarse al carro de la derrota.

Mi experiencia me señala que las cosas caen por su propio peso. Su salida si no logra la clasificación nadie podrá impedirla.

Pero aún le queda un espacio y una oportunidad, y debe aprovecharla. Si lo hace puede gozar de una nueva oportunidad.

Parece simple, pero recuerdo la receta. Línea de tres defensores, volantes externos abiertos e intensos, tres delanteros, y sacudirse de los nudos tácticos que paralizan sus afanes de ataque.

O sea, más de lo que recibió. La obra gruesa está, los jugadores son los mismos. Falta retomar nuevamente los aspectos tácticos pero con la misma fe y convicción que tuvieron sus antecesores.

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