Había una historia que me gustaba especialmente y le pedía que me la repitiera seguido. Hablaba de nuestro equipo, de Wanderers. Del Wanderers campeón del 41, de ese equipo que les pasaba por encima a todos, que salió campeón profesional por primera vez, pero de una liga paralela a la de Santiago.

La primera vez que mi abuelo casi me hizo llorar yo tenía 9 años. Íbamos caminando y nos quedamos mirando una pichanga.

Me llevó hacia una escala y nos sentamos a mirar como jugaban y me habló despacito.

–  Manolito, yo ya no quiero ser más viejo, ¿puedo ser tu amigo?

–  Claro que sí abuelo, le dije yo.

Ahí nos quedamos sentados y me empezó a preguntar por las niñas que me gustaban, por las pololas.

Yo no tenía nada que decirle, pero le vi su mirada ansiosa, ilusionada, se había transformado en un verdadero niño, le  inventé un par de cosas para hacerlo feliz, para demostrarle que realmente desde ese momento comenzábamos a ser amigos.

Después en la noche casi lloré porque sentí que mi abuelo pronto se podría ir y yo no había hecho nada para que se sintiera orgulloso de mí.

Desde ese momento quise disfrutar todos los días a mi abuelo, se transformó realmente en mi amigo, mi partner, a quien le contaba mis sueños y del que escuchaba hermosas historias de otros tiempos, de tiempos más lindos, por lo que podía sentir.

Y de todo lo que me contaba, había una historia que  me gustaba especialmente y le pedía que me la repitiera seguido.

Hablaba de nuestro equipo, de Wanderers. Del Wanderers campeón del 41, de ese equipo que les pasaba por encima a todos, que salió campeón profesional por primera vez, pero de una liga paralela a la de Santiago.

Colo Colo fue el otro campeón y por eso se enfrentaron mano a mano y nuestro Wanderers demostró que era el mejor del país y le ganó 4 a 3. Nosotros fuimos los campeones, mi abuelo me lo dijo.

Debíamos tener 2 estrellas más, pues al año siguiente conseguimos el bicampeonato, pero no fueron reconocidas, era una injusticia, porque en esos dos años no había nadie mejor que nosotros en todo el país.

Mi abuelo me contaba esta historia y me confesaba su anhelo de que un día se hiciera justicia y nos sumaran estos dos títulos para pasar al Everton en la tabla histórica, como debe ser.

Me dijo muchas veces que no se quería morir sin ver esto y yo soñaba noche tras noche con que cumplía  luego 18 años y tenía las fuerzas para pelear  y cumplir con lo que él quería.

Pero no alcancé… recién tengo 13 años y mi abuelo se comenzó a ir.

En estas últimas semanas comencé a pasar  todos los días en su pieza y había veces en que no me podía hablar, sólo me miraba y luchaba por darme una sonrisa. Yo le contaba de mis pololas, de mis goles, de mis aventuras que no son verdad, pero que sabía que a él le gustaba escuchar.

Le empecé a mentir repetidamente, me inventaba un mundo especial porque a él le brillaban los ojitos  cuando yo le decía que diserté sobre Wanderers, sobre los Panzers, o que había metido un gol  al último minuto y lo había celebrado igual que Darío Scotto ante San Felipe, en ese día que nos arrancamos de un asado familiar para ver el partido juntos.

No me sentía culpable por mentirle, porque su felicidad estaba por encima de todo, especialmente ahora que  sabía que se me iba.

Un miércoles frío y triste  mi mamá salió entre llantos de la pieza y me dijo que el abuelo se iba, que nos dejaba.

Yo no le pensé dos veces y entré corriendo y gritando.

– ¡La Estrella dice que le dan los títulos a Wanderers, abuelo! Le dan los títulos a Wanderers! Los títulos del 41 y 42!

Las palabras inmediatamente lo hicieron reaccionar. Abrió los ojos, me miró y  sonrió.

En ese momento, estoy seguro, comenzó a ver  a Herrera corriendo con el balón y rematando para el 3 a 2 definitivo que nos daba el título del 41 ante Administración del Puerto, ese que está  olvidado por todos, pero que mi abuelo me recontrajuró que existió, que ese año fuimos los mejores y de ahí en adelante lo seguimos siendo, como él me lo repetía siempre.

Mi abuelito abrió sus brazos y yo lo abracé. Celebramos juntos esta victoria, una victoria para mi memoria y para su corazón.

Nos abrazamos sabiendo que era la última vez, de a poco sus brazos tibios y emocionados se pusieron fríos y fueron cayendo, mientras yo, de algún modo, empecé a ver a esos wanderinos de los años 40 corriendo tras la pesada pelota, sin saber que por los recuerdos de mi amado abuelo seguirían existiendo para siempre.

Seguirían existiendo hasta la eternidad, como el Wanderers, porque lo que se ama nunca muere, lo que nació con alma inmortal tiene que vivir para siempre.

Luis Fabián Jopia
@FJopia_CDF